Se aproxima la asunción de un nuevo gobierno, encabezado por Alberto Fernández y Cristina Fernández, y celebramos la finalización de cuatro años terribles para nuestro país.

La aplicación de medidas neoliberales, la toma de una deuda con montos tan elevados como no se conocían desde la crisis de 2001, pasando de ser el país más desendeudado de la región a ser el que ostenta un mayor endeudamiento, con el consiguiente resultado de la sumisión a los planes de ajuste del FMI y con vencimientos por cerca de 224 mil millones de dólares que el próximo gobierno deberá afrontar,  el descarado saqueo del patrimonio nacional, la constante fuga de capitales, las políticas favorecedoras de los grupos concentrados trasnacionales, han ocasionado una situación de extrema gravedad económica y social en nuestro pueblo.

Hemos quedado prisioneros de una economía atada al precio del dólar, que sube al ritmo de la inflación, y de tasas cuyos niveles usurarios hacen imposibles los créditos productivos y dejan al Estado con deudas exorbitantes.

La desocupación creciente, el cierre de infinidad de industrias y comercios, el abandono de políticas que beneficiaran a las Pymes, principales dadoras de empleo, la dolarización de los servicios, la depreciación constante de salarios y jubilaciones, la caída del mercado interno, han producido una crisis profunda, con altísimos niveles de pobreza, indigencia y hambre en el conjunto de la población. Estos resultados, lejos de constituir “errores” del gobierno de Macri, responden a su matriz profunda: son claramente representantes de los monopolios, nostálgicos de la dictadura, ideológicamente vinculados a la derecha yanqui e iberoamericana y profundamente corruptos.

Pero no han sido sólo las medidas económicas las que nos han golpeado. El abandono de la educación, de la ciencia, de la cultura, de la salud pública ha sido una constante. El afán privatizador, en beneficio fundamentalmente de los grupos concentrados, unido al ajuste sufrido por todos los programas vinculados con el derecho ciudadano a un nivel de vida digno, han profundizado aún más las consecuencias para la sociedad.

La falta de vacantes en las escuelas públicas es cada vez mayor, así como el deterioro de su infraestructura y de los salarios docentes. Los programas del Conicet, del Inta, del Inti, han sufrido recortes presupuestarios tanto en los salarios y cantidad de ingresos de nuevos investigadores, como en la posibilidad misma de desarrollar una actividad productiva por falta de insumos y condiciones de trabajo. La venta de los servicios satelitales de ARSAT es un triste ejemplo.

Cines y teatros han visto caer su público, y casi han desaparecido los estímulos a la producción que por ejemplo el INCAA llevaba a cabo.

En salud, las consecuencias son bochornosas, los hospitales han sido abandonados, se han cerrado servicios y salas, se ha recortado la provisión de remedios por parte del Estado, se han cercenado las prestaciones de PAMI a los jubilados y se ha desabastecido la provisión de vacunas, cuando teníamos uno de los calendarios obligatorios más completos del mundo.

Por si esto fuera poco, el Gobierno del PRO  ha llevado a cabo todos estos años una artera política comunicacional, impulsando procesos culturales que enfatizaron  aún más la segmentación social y las diferencias de clase, con un discurso despectivo e indiferente hacia el bienestar y las posibilidades de los sectores populares, imaginando enemigos internos inexistentes, como el pueblo mapuche, y una agudización extrema de la falta de solidaridad, promoviendo consignas falaces como el “emprendedorismo” y la “meritocracia”. Trataron de justificar así las políticas de “mano dura” que comenzaron con la represión a una murga de chicos villeros con balas de goma y continuaron con los asesinatos de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y tantos otros. La prensa y la justicia adictas les facilitaron esos procesos. Han cabalgado también sobre la corrupción. Indudablemente toda sociedad tiene focos importantísmos de corrupción. Hay que denunciarlos, sacarlos a la luz, impedir que crezcan y se ramifiquen. Pero pocos gobiernos como el macrismo han practicado una corrupción sistémica, asentada en la estructura misma del Estado. Pusieron presa a Milagro Sala, cuyas obras en Jujuy eran modelo de  uso ajustado y digno de los recursos. Destrozaron sus logros. Es la orientación, objetivos y resultados de un gobierno lo que debe ponerse primero en tela de juicio.

 

Sin embargo, estos cuatro años también han visto un crecimiento progresivo de la militancia. Nuestro país puede enorgullecerse del sostenimiento de una ética de la resistencia, cuya figura más emblemática han sido las Madres, pero que se expresa permanentemente en episodios circunstanciales, en asambleas, empresas recuperadas, emprendimientos solidarios, como forma activa del mandato subjetivo que busca alcanzar mayores horizontes de justicia a través de la solidaridad.

Se han sucedido cotidianamente las marchas y reclamos, tanto por reivindicaciones específicas económicas y sociales -salarios, negociaciones colectivas, planes, subvenciones-, como por reclamos sectoriales -defensa de la educación, de la salud, de la ciencia- , como por temas políticos más generales, tales como la gigantesca marcha en contra de la aplicación de la ley del 2×1 a los represores, una victoria importante, contra las políticas de mano dura y otras.

No podemos olvidar tampoco la enorme fuerza y movilización del movimiento de mujeres y otras disidencias, en reclamo de la legalización del aborto, de políticas activas contra el feminicidio y otros temas. Estos movimientos, aunque transversales, están en su inmensa mayoría opuestos a las políticas neoliberales.

Se gestó, pues, al calor de la movilización creciente, la posibilidad de una construcción política que tendiera a la unidad del peronismo y de los sectores populares opuestos a las políticas neoliberales.

El gran impulso que dio Cristina al promover la candidatura de Alberto Fernández para la apertura de diálogos con diversos referentes, así como el trabajo paciente de construcción de alternativas, a través de diversas herramientas, entre las que podemos mencionar la campaña de Axel Kicillof recorriendo la provincia de Buenos Aires, las presentaciones multitudinarias del libro Sinceramente, y otros eventos que permitieron reunir públicos masivos en actos de claro contenido político, permitió llegar al Frente de Todos con una militancia convencida y activa, que permitió el gran triunfo de las PASO y finalmente venció en primera vuelta, sin duda alguna evitando el ballotage y derrotando a un gobierno que aspiraba a la reelección.

El macrismo, a su vez, fue endureciendo su discurso, intentando conservar el núcleo duro, proclive a los discursos antiderechos y rozando en muchos momentos posturas de neto corte fascista. Esta estrategia sólo les permitió sobrevivir, más allá de los sectores privilegiados, en aquellos lugares – Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza- donde sectores de la clase media compraron las calumnias contra el kirchnerismo junto con las fantasías de “pertenecer”, diferenciándose de los sectores populares, aunque objetivamente el gobierno de Macri los perjudicó. Lograr una comprensión más abarcadora de los procesos políticos y económicos, reinstalar los valores de la solidaridad y la justicia social, es necesario para que esa franja del electorado logre superar la trampa neoliberal.

 

El gobierno de Alberto Fernández va a asumir en circunstancias particularmente convulsas en la región. Estados Unidos se ha propuesto recuperar su “patio trasero”, luego de los proyectos liberadores de la Patria Grande, expresados en el “No al ALCA”, en la constitución del Mercosur y en los gobiernos populares. Utilizaron nuevas formas solapadas para derrocar a estos gobiernos, desde el Paraguay, el golpe judicial parlamentario contra Dilma en Brasil, la prisión de Lula, la traición lisa y llana en Ecuador, ténicas de “lawfare” acompañadas siempre de las “fake news”, la complicidad de gran parte de la prensa escrita y audiovisual. En Bolivia, no les alcanzó, y el golpe roza las formas clásicas de la intervención militar y sobre todo, la represión y la muerte como formas de dominación. La derrota -tan estrecha- del Frente Amplio en Uruguay, es otra herida para los proyectos populares de la región. La derecha latinoamericana se presenta con sus rasgos más agresivos, con posturas claramente fascistas, racistas, elitistas. La desvalorización y persecusión a los pueblos originarios, a los afrodescendientes, a los migrantes, es cada vez más desembozada y admitida. El uso de la violencia para frenar la movilización popular, también.

Sin embargo, la región demuestra al mismo tiempo un hartazgo creciente por las políticas neoliberales. Haití, de cuya tragedia casi no se habla, tiene al pueblo en las calles. Chile protagoniza una de las rebeliones populares más persistentes y valerosas, aunque las fuerzas utilizadas por Piñera utilizan formas de represión de una crueldad y desprecio por los derechos humanos que estremece. Colombia, Ecuador, protestan también contra estas políticas.

En todo el planeta, la hegemonía ideológica del neoliberalismo, entronizando un “mercado” globalizado y omnipresente, y sometido a los dictámenes del primer mundo y en especial de los Estados Unidos, produce guerras, violaciones a los derechos humanos, destrucción del medio ambiente, tragedias para los pueblos. También en el “primer mundo” están sufriendo los embates de esta crisis. Rusia y China aparecen como potencias emergentes, cuyo poderío podría servir de contrapeso. Pero si no se logran alternativas al capitalismo depredador, el circuito de destrucción continuará.

 

Nuestro país tiene la fortuna de haber construido un proyecto de unidad que pudo derrotar al gobierno neoliberal a través de las urnas. Puede jugar un papel fundamental en la reconstrucción de los lazos con los pueblos de la región, revitalizando organismos y políticas propias, aún en condiciones dificultosas.

Pero estos objetivos pueden hacerse realidad si las políticas implementadas logran superar la situación desastrosa en que Macri deja el país. Alternativas que permitan superar el hambre y la pobreza, y que requerirán un cuidadoso manejo de la economía, de las relaciones internacionales y de los acuciantes problemas internos.

Para ello es necesario revisar y negociar los vencimientos de la deuda externa, reactivar el mercado interno a través de políticas sociales que recompongan los salarios y ls jubilaciones, atender las necesidades de los sectores más vulnerables, erradicar el hambre, en especial de los niños y los ancianos, promover la expansión industrial y en particular de las Pymes, revisar las políticas impositivas.

A su vez, hay que fortalecer y expandir el sistema educativo, ampliar la oferta de escuelas públicas de todos los niveles, jardines de infantes y universidades, revalorizando el trabajo docente a través del salario pero también de la capacitación permanente.

Idénticos desafíos existen para la salud pública, el sistema científico y tecnológico, la cultura.

Para ello, además de la unidad alcanzada en la conformación del Frente de Todos, es indispensable la participación activa de las organizaciones sindicales, profesionales, culturales en la elaboración y ejecución de los planes de gobierno. Esa participación asegura el acompañamiento necesario a políticas que sin duda, disgustarán a la derecha, dispuesta desde hoy mismo a socavar la fortaleza de un gobierno popular y, por otro lado, garantiza el rumbo de dichas políticas en la dirección de la justicia social.

Esta participación debe buscar formas de coordinación y unidad en los ámbitos territoriales, para convertirse en pilares de las transformaciones requeridas, en los barrios, regiones y territorios y lograr asimismo canales de comunicación con el conjunto de los ciudadanos, llegando de maneras más directas a través de las reivindicaciones propias y sorteando el bombardeo de “fake news”que los medios hegemónicos no dejarán de difundir a la ciudadanía.

En ese sentido, la experiencia de la RCC como red que contiene diversas agrupaciones es una muestra de lo que debe estimularse y proponer.

En particular, la Ciudad de Buenos Aires, bastión del PRO, es gobernado como una empresa, beneficiando con contratos escandalosos a los amigos del poder y a los mismos altos funcionarios. Es ya un lugar común mencionar “las veredas de Larreta”, hechas y rehechas en provecho de las empresas constructoras. Sus medidas, decisiones y omisiones – abandono de la educación y la salud, represión permanente de la protesta, de los vendedores callejeros, de los migrantes, etc.- perjudican en mayor grado a los sectores populares, pero tampoco beneficia a los sectores medios que pueblan Buenos Aires. Abandona con particular fruición la salud y la educación, pero también lo hace con el Teatro Colón, o con la conservación y planeamiento general del patrimonio urbano. Sin embargo, la opinión pública o parte importante de ella, parece anestesiada y poco dispuesta a criticar y señalar estas actitudes.

Por estos motivos, y como pensamos que es un grave error dejar la Ciudad librada a su suerte, porque su valor simbólico y cultural – los medios hacen pie en ella – la convierte en una pieza fundamental para todo proyecto, es necesario redoblar las propuestas hechas a nivel nacional y establecer redes que logren superar las operaciones de la derecha.