educacic3b3n-para-la-igualdadCuando, quien esto escribe, era niña, en la lejana década del 50 del siglo pasado (¡ay!), éramos  muchas las chicas que nos entusiasmábamos con juguetes, lecturas y películas consideradas no tan “femeninas” como se debía.

 por Florencia Elgorreaga 

Piratas, mecanos, espadas y cowboys poblaban también nuestras fantasías, como las de nuestros hermanos y primos.

Poco tuvo que ver con las orientaciones posteriores y maduras, con la diversidad genérica y de orientación sexual que estas mismas niñas asumieron. Mucho más tarde, con la comprensión que el feminismo da acerca de la construcción cultural de los géneros, aspiramos a que esa libertad también la tuvieran los chicos, y que pudieran, sin falsos prejuicios, jugar a las cocinitas y acostar muñecos, prefigurando su futuro rol de padres.

Vimos con beneplácito como algunas barreras se quebraban y el fútbol admitía entre sus filas a muchas nenas entusiastas.

La temible conjura del mercado no pensaba lo mismo. Cada vez más, la discriminación de género inunda las jugueterías, una vidriera “rosa”, llena de muñecas, que ahora se parecen a las modelos, de collares y maquillaje de fantasía, y otra “azul” con armas, juegos científicos y construcciones.

“Pirata” o “princesa” imponen jardines de infantes, fiestas de cumpleaños y emprendimientos varios.

Hasta los caramelos y yogures ofrecen productos diferenciados. Pero lo paradojal es que la saludable comprensión actual acerca de las diversidades en la orientación sexual y en las construcciones de género, no se prevenga suficientemente para no caer en los estereotipos culturales más arraigados.

Los gustos y preferencias de la infancia no están dados de una vez para siempre.

Muchos chicos pueden desear ciertos privilegios femeninos y, seguramente, la inversa es aún más corriente en una sociedad en la que los varones ostentan ventajas indudables.

También es frecuente que los niños/as elijan ser llamados de otro modo, vestirse de alguna manera, y tantas otras cosas que hoy, más atentos a los deseos de la infancia y menos dogmáticos, consideramos necesario respetar.

Pero definir a tierna edad el recorrido futuro de sus vidas, como se ha hecho en algunos casos recientes, es una intromisión inadecuada en el universo cambiante de la niñez.

Nos parece que resulta tranquilizador, lejos de cualquier transgresión a los mandatos culturales, clausurar de una vez para siempre la ambigüedad y la disidencia. Pero es esa ambigüedad y esa disidencia la que queremos preservar cuando asumimos integralmente los derechos a la identidad y a la no discriminación.

La identidad no es un factor congénito, biológico, heredado de una vez para siempre. Se establece en el lento confluir de la experiencia y de lo innato, en una evolución que culmina cuando nos apropiamos con toda conciencia de lo que queremos ser. En ese desarrollo, la libertad para actuar sin discriminaciones es imprescindible, y la prudencia para no clausurar los procesos, también.