Pertenezco a una tierra que todavía se ignora a sí misma. Escribo para ayudarla a revelarse -revelarse, rebelarse-, y buscándola me busco y encontrándoEduardo_Galeanola me encuentro u con ella, en ella, me pierdo.

                 (Apuntes para un autorretrato, 1983)

 por Florencia Elgorreaga 

Eduardo Galeano ha muerto. Una noticia zigzagueante, como el fuego en el campo, recorrió los medios, todos los medios. Los celulares intercambiaron pesadas lágrimas electrónicas “ha muerto, ha muerto”. Quedan sus palabras, que no han sido vanas.

De la ilustre estirpe de los escritores latinoamericanos que supieron recoger y acrecentar el legado cultural de José Martí: sembrar y recoger “por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!”, muere en momentos en que una victoria se ha conseguido: Cuba vuelve con el pleno derecho de su inclaudicable constancia, a su puesto en la OEA. No por eso deja de acechar el águila, siempre dispuesta a encontrar pretextos, ahora con Venezuela. No podemos descuidar la guardia y, sobre todo, debemos insistir en ampliar y profundizar el conocimiento y la unidad de los pueblos latinoamericanos, desoyendo las voces traidoras de quienes lucran con las políticas coloniales.

Por todo esto escribió Galeano. Pero no fueron sus escritos simples panfletos explicativos. Su poética prosa breve encontraba siempre las palabras justas para que entendiéramos, pero sobre todo para que sintiéramos el peso de la historia, las injusticias, las luchas, la heroicidad de tantos héroes populares. La discriminación sufrida por los pueblos originarios, por las mujeres a lo largo de los tiempos, fueron también tema de sus textos. Sin fronteras ni razas, porque la humanidad es una, sus palabras despertaron en muchos jóvenes  el sentido de la justicia y de los derechos humanos. Este oriental de pura cepa nos pertenece también un poquito, es lo mejor del alma rioplatense hablando con entrañable lenguaje nuestro propio idioma.

Ha muerto, quedan sus palabras ¡pero como extrañaremos su presencia!