El últdescarga (3)imo libro de la periodistas y escritora Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), reúne 12 cuentos donde el horror se cuela en la cotidianeidad de los personajes.

Por Paula Rey

Charlamos con Enríquez sobre estos cuentos y su proceso de escritura.

-El libro es presentado como una compilación de cuentos de terror. ¿Estás de acuerdo con esta clasificación?
Más o menos, pero no me molesta en todo caso. No sé si son de género tan claramente. Para mí son cuentos raros, oscuros, sobre cosas horribles. De horror me gusta más. De terror es como demasiado genérico pero no me molesta. Dan miedo, es un génme gusta leer y escribir. ero que me gusta, que disfruto, que 

-Los cuentos que forman parte del libro son más realistas que otros publicados anteriormente, ¿fue una búsqueda intencional?
Tengo épocas de escritura que suelen condensarse en algo que en general es un libro. Y este momento era de escribir dentro del género, pero desde un punto más realista, no tan apegado a lo sobrenatural y lo fantástico del género aunque hay fantasmas y casas embrujadas. Pero la lectura está muy pegada a cuestiones que tienen que ver hasta con la historia. En ese sentido quizás no utilizo los escenarios, geografías, personajes más habituales de lo que se considera el relato de terror.
De todos modos eso tiene que ver con un efecto de traducción. No leemos ni tenemos muy traducido el terror contemporáneo que se escribe hace muchos años en otros países. Ya es habitual que el terror no esté tan relacionado con lo fantástico sino que sea más bien inquietante, un clima o una situación que te inquieta y no sabés muy bien qué es lo que pasa hasta el final a lo Poe, con moño y golpe de efecto.

-La mayoría de los cuentos están situados en Buenos Aires y la zona sur. ¿Qué es lo que te atrae de esa geografía?
Básicamente, la conozco. Vivo, crecí, trabajo ahí. Y además me gusta la historia de zona abandonada. En un momento fue donde vivían los ricos de Buenos Aires que se retiraron por una epidemia de fiebre amarilla. Me parece un lugar encantado, porque fue abandonado después de que llegó la muerte. Tiene algo literario fuerte.

¿Cómo es tu proceso de escritura con los cuentos?
En un día, de una sentada. Lo más largo es la corrección. Me parece que si el cuento te lleva más tiempo que eso pierde fuerza, pierde clima. Parece que al otro día lo estuviera escribiendo otra persona. No es lo mismo que una novela, que tiene más cambios de registro. Pero un cuento es mucho más contundente, como una canción.
Mauricio Kartun dice que es necesaria esa dualidad, que conviva en una sola persona el escritor y el corrector.
Es muy distinto además, porque estás más frío al momento de corregir. El momento de la escritura es un momento como de dictado, una parte de tu cabeza le dice a la otra qué es lo que tenés que poner. Es medio extraño y es raro decirlo porque parecés un loco, pero la verdad es que pasa eso. Cualquiera que escriba o componga sabe que hay un momento creativo que tiene ese tipo de intensidad.
Y después cuando estás corriendo no, estás muy frío. Es un momento de mucha menos libertad y muy necesario.

-La mayoría están protagonizadas por mujeres y las casas aparecen como un lugar de peligro, una descripción que se suele usar cuando se habla de violencia contra las mujeres ¿Hay una crítica consciente a este tipo de violencia?
Consciente no fue, salvo en el último cuento, que da título al libro, que son mujeres que en protesta por una ola de crímenes donde se queman a mujeres, se queman a sí mismas. Pero también ahí se puede hacer una lectura opuesta y decir que están tan incendiadas que se incendian.
A veces cuando uno escribe sintoniza una especie de espíritu de época, de discursos, de cosas que están en el ambiente, que notás que le da miedo a la gente que te rodea, que aparecen todo el tiempo como un lugar de horror. Entonces eso termina en tu ficción, no de manera consciente.
Si escribiese un cuento consciente en ese sentido, programáticamente, lo tiro, no me gusta, me parece que no sirve. Ahora, si se filtra eso, lo dejo que suceda pero no me gusta escribir por orden de nada. Ni siquiera por orden de lo que debe ser. Aunque en este caso terminó siendo un poco así.
De todas formas la casa como un lugar de terror lo elegí mucho más por la cuestión de meter lo cotidiano del miedo, que no te quede ningún lugar seguro, más allá del género del narrador. Que no le quede a dónde irse a nadie.

-¿Y por qué esta elección de protagonistas femeninas?
Por una cosa paradójica que es que a mí me cuesta mucho más escribir mujeres que hombres. Y tenía ganas de practicar a las mujeres. En el libro anterior también hay muchas, pero con una voz menos apabullante. La presencia de estas mujeres en los cuentos invaden todo de una manera más definitiva. Y yo las dejé que crecieran así, me dejé llevar.
Pero me cuesta bastante más. Me parece que hablan parecido a mí, que no son personajes tan sueltos del autor y no me gusta. Es una cosa medio confesional de primera persona que no me gusta para nada. Me cuesta mucho eso, poner mujeres que tengan vida más allá de mí. En cambio por algún motivo, probablemente de distancia, escribir varones me sale más fácil. Y me divierte más, porque me divierte erotizarlos, por ejemplo. La paso mejor.
Entonces esto fue un ejercicio, a ver cómo me sale escribir mujeres. Y porque sufren como locas.

-¿Tenés una persona a la que siempre le muestres tus escritos cuando los terminás?
Tengo un amigo que es un muy buen editor. Además es un lector que no le gusta ni lee las mismas cosas que yo, para mí eso es importante. Es una persona de “otro palo”. Y después tengo otro amigo que entre otras cosas me sirve porque es muy obsesivo y yo no. Es la persona que te puede decir, señalar los problemas de continuidad y de ese tipo de cosa de las que no me doy cuenta, porque llega un momento en que dejo de ver el texto. El otro también es obsesivo, pero de la puntuación. Tengo ese equipo pero a nadie más. No me gusta mostrar mucho. Además soy bastante influenciable en ese momento, no tengo una confianza ciega en lo que escribo, no soy tan narcisista. No me gusta que salga mal por falta de carácter mío. Hay algo del carácter egoísta e individual de la escritura que a mí me funciona así.

-¿En qué estás trabajando ahora?
Tengo terminada una novela medio juvenil, más fantástica y menos espantosa. Y estoy trabajando en una novela larga que va a ser una novela de género, de terror. Pero falta mucho, porque es larguísima. Ya llegará el momento de cortar y demás, pero por ahora me levanto y vivo en el mundo de esta gente.

Las cosas que perdimos en el fuego
Mariana Enríquez
Anagrama, 2016
200 páginas