descarga (2)A pesar del tiempo que ha pasado desde que unos pistoleros fascistas asaltaron el despacho de abogados de la calle Atocha, en Madrid,

Dr.Joaquín Aparicio Tovar (1)

siguen presentes el dolor, la rabia y la profunda indignación que entonces sentimos todas las personas decentes y, sobretodo, los amigos, compañeros y familiares.

Fue tanto el daño, nos condenaron a la cruel ausencia de esposos, padres, hijos, hermanos y amigos que la niebla del tiempo ya lejano no empaña nuestro recuerdo. Si es siempre duro e injusto que los padres vean morir a los hijos, lo es más cuando nos son arrebatados por la salvaje violencia fascista. La injusticia de la muerte joven es entonces doblemente injusta.

Pero no olvidamos solo por el enorme daño y dolor que produjeron, sino porque a los integrantes del despacho de Atocha, al pagar tanto, les somos deudores, junto a otros muchos, del sistema de libertades de que hoy goza la sociedad española. A pesar de los esfuerzos que se hacen para romper la memoria histórica, es nuestra obligación mantener y transmitir a las jóvenes generaciones que nuestra transición no fue pacifica. En enero de 1977 se alcanzó uno de los momentos más álgidos de una furia que grupos ultraderechistas venían desatando desde años anteriores a la muerte del sapo iscariote de Franco contra todos aquellos que luchaban contra la dictadura y sus epígonos. Esos grupos ultraderechistas actuaban de un modo frío y calculado, arropados por los aparatos del poder y con la cobertura ideológica de medios de comunicación que hoy siguen existiendo y alzan su voz en nombre de la libertad (que gran sarcasmo) cada vez que se rozan, aún tibiamente, los privilegios de los grupos sociales acomodados.

La Constitución no se la debemos a la mesiánica intervención de notables personajes, como el Rey, Suárez o algunos otros, presentados tantas veces en una burda manipulación de la historia como bajando del Monte Sinai con las tablas constitucionales en la mano. Sin negar aquello en lo que puedan haber contribuido, es indudable que nuestras libertades se las debemos, sobretodo, a miles de personas, tantas anónimas, que con grandes sacrificios, coraje y generosidad se enfrentaron a la dictadura franquista pagando por ello no pocas veces un alto precio, como los abogados de Atocha. Es justo reconocer que las más pertenecían al Partido Comunista de España y a Comisiones Obreras.

Pero en concreto tenemos que estar agradecidos a los abogados laboralistas de Atocha porque son un símbolo de la fenomenal contribución, todavía no suficientemente reconocida, que los abogados laboralistas españoles hicieron a la causa de la libertad y la igualdad. Los abogados laboralistas se esforzaban en profundizar sus conocimientos de la técnica jurídica para ponerla al servicio de la causa de los más débiles en la relación de sobreexplotación que la dictadura sometía a los trabajadores. Un maravilloso ejemplo de unión entre ética, política y conocimientos técnicos. El laboralismo español fue una punta de lanza esencial en pos de la igualdad y la libertad y, tal vez por ello, el odio se cebó sobre los abogados de Atocha, como queriendo hacer en ellos escarmiento en un aviso dirigido a todos.

No podemos nunca abdicar de aquel impulso ético porque sin él la política se convierte en un juego vacío, cuando no dañino. Las razones que entonces movían a la acción, aunque las circunstancias sean hoy afortunadamente mucho mejores, siguen estando presentes. La democracia no es algo dado de una vez para siempre, es algo vivo, de tal manera que o es dinámica, esto es, da pasos hacia la igualdad real y efectiva como quiere la Constitución, o se atrofia y acaba por infiltrarse entre sus intersticios un nuevo fascismo que mantiene solo formalmente los esquemas de la representación del pueblo.

El peligro de atrofiamiento no es una fantasía paranoica. Estamos viendo cómo se instalan en el poder gentes que antaño apoyaban a la dictadura sin que oigamos de sus labios condenas inequívocas de aquel ominoso periodo, ni sus practicas nos despejen toda duda de tentaciones autoritarias. Gentes que caminan con “el paso marcial de la arrogancia”, que diría el poeta Luis García Montero. No hablo del fascismo clásico, naturalmente, sino de un fascismo difuminado que poco a poco impregna el aire de la convivencia civil. Un fascismo que como dice Umberto Eco se muestra en formas contradictorias, e incluso incoherentes entre si, en una mezcla de irracionalismo, tradicionalismo, miedo a la diferencia, xenofobia, rechazo de la disidencia (conmigo o contra mi, ha dicho hace poco Bush), populismo demagógico y empobrecimiento de la capacidad intelectual que nos distingue a los seres humanos (no hay más que ver el uso que se hace de la televisión).

No es fantasioso ni es una disquisición de académicos o juristas demasiados sensibles, es cosa de todos los días que se manifiesta en hechos tan escandalosos como el que vigilantes privados de seguridad dejen morir a la gente en la calle o en el metro, que se apalee a quien parece “moro”, que se meta en jaulas a individuos a los que nadie sabe en concreto de que se les acusa, y se les lleve a miles de kilómetros de su tierra para ser “interrogados” y juzgados sin las mínimas garantías procesales. Pero lo peor de todo es que tales hechos se justifiquen o se acepten con una pasiva y apática resignación, que no se proteste por ello.

Hoy, cuando la corrosión que genera el dinero hace estragos, esa combinación de ética y política en el ejercicio de la profesión sigue teniendo sentido para que cosas como estas no pasen. Esa es la gran enseñanza de los laboralistas y por ello, los abogados de Atocha, su memoria, es un acicate para que todos sigamos luchando por ese mundo mejor al que aspiraban.

Quiero acabar robándole unas palabras a Luis Cernuda que libremente y sin mucho respeto manipulo. Nos decía:

“Recuérdalo tú y recuérdalo a otros
…. ….. …… …….. ….. ……. ……
Veinticinco años hace, este hombre,
…. ….. ……. …… …… …….
….. …… …. ……. ..decidió a apostar su vida,
Juzgando que la causa allá puesta al tablero
Entonces, digna era
De luchar por la fe que su vida llenaba.
Que aquella causa aparezca perdida,
Nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
Sólo atendieran a ellos mismos,
Importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
Como en aquellos días:
Noble y tan digna de luchar por ella.
….. …… …. ….. …….. ……

Gracias, Compañeros, gracias
Por el ejemplo. Gracias porque me decís
Que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
Como testigo irrefutable
De toda la nobleza humana

(1)Catedrático de Derecho del Trabajo
Universidad de Castilla-La Mancha