Quiero evocar a una mujer extraordinaria, por más que no haya hecho nada fuera de lo común, sólo escribir y dar clases. Podría también añadir que era una activista –palabra de moda ahora–, pero no, no, no, ella me hubiera corregido: “No soy una activista, yo soy anarquista”. 

Por Christian Ferrer

Hay una biografía de ella, exhaustiva y emocionante, escrita por Margarethe Rago, pero yo me valdré de mis propios recuerdos, pues la visité muchas veces en su casa montevideana de la calle Jean-Jacques Rousseau. Había nacido en Italia y yo la vi por primera vez en Montevideo –su lugar de exilio– en el año 1985. Nos separaban 55 años de edad. Ella era una mujer pequeña, atenta y silenciosa. Pero mejor que el retrato que yo pueda dar es recurrir a un informe policial de 1929: “La hija de los forajidos anarquistas Luigi Fabbri y Bianca Sbriccoli es Luce Fabbri, nacida el 25 de mayo de 1908, en Roma. Características físicas: 1 metro 58 centímetros, estatura pequeña, cabellos castaños, oscuros, cutis rosado, ojos castaños. Se comunica que fue pedida su inscripción en la Lista Fronteriza para ser detenida en la eventualidad de

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su retorno al Reino de Italia”.Pero ella tardaría un cuarto de siglo en regresar a su patria, sólo por unos meses, pues toda su vida transcurrió en el Uruguay. Llegó a Montevideo en 1929, en el buque “Indier”, donde viajó junto a un montón de chicas polacas destinadas a la trata de blancas, comandadas por una cafishia llamada Madame La Baronne. Ya de chica era partidaria de “las ideas” y con sólo 16 años Luce Fabbri publicó su primer artículo libertario. Cuando su abuelo, al leerlo, le dijo “Estas ideas no son adecuadas para una señorita”, ella le respondió: “Las ideas son válidas o no lo son, no importa quien las piense”.

Habiéndose licenciado en Letras en la Universidad de Bolonia, la más antigua de Italia, trabajó como profesora de Literatura Italiana en la Universidad de la República Oriental a lo largo de sesenta años, si bien fue expulsada de los claustros en 1985 por negarse a firmar una declaración de fidelidad al nuevo gobierno militar, así que tuvo que seguir dando sus cursos en un instituto de cultura italiano, y en idioma natal, sobre el Dante: un año lo dedicó al Infierno; otro al Purgatorio; y el siguiente al Paraíso.

Al regresar la democracia le devolvieron su cátedra y dio clases hasta los 83 años de edad. Escribió dos libros notables, uno sobre Maquiavelo, y el otro, “La poesía de Leopardi”, de 1971, por más que me recorrí durante años la calle Tristán Narvaja –las librerías de viejo–, nunca pude conseguirlo. De paso, consigno que Ermácora Cressatti –su compañero– se ocupaba de las tareas domesticas de la casa para que ella pudiera escribir sus libros, y también consigno que al dejar la enseñanza Luce Fabbri no aceptó un «plus» para su sueldo de jubilada: exigió que le pagaran lo mismo que a todos los demás profesores comunes y corrientes.

Ella era una igual. En 1993 la reencontré en Barcelona. Conversamos sobre su admirado Giaccomo Leopardi. Recuerdo que me dijo: “Leopardi podía sentir el sufrimiento de una hoja ya seca, caída del árbol, cuando alguien la pisaba, a ese estado de la sensibilidad hay que llegar”. Su interés por Leopardi algo debía provenir del hecho de que su padre hubiera pasado la adolescencia en Recanati, el pueblo de Leopardi. En la década de 1990, en vez de gastar mi tiempo en escribir para revistas académicas –que nadie lee– escribí artículos para la revista que ella editaba casi en soledad, “Opción Libertaria” –que tampoco nadie leía–, pero escribir por escribir, no tuve dudas para donde debía hacerlo.

Cuando Luce Fabbri tuvo que abandonar forzosamente su país natal dejó muchas amigas de infancia, una de las cuales se apellidaba Carati. Se escribían cartas desde que eran pequeñas, correspondencia que siguió siendo fluida a lo largo de muchas décadas. De a poco, en Montevideo, fueron muriendo el padre de Luce Fabbri, la madre, y también su esposo, y también, una tras otra, sus antiguas amigas italianas. Quedó solamente esa chica de apellido Carati, sobre quien escribió Luce: “La relación epistolar perduró por 75 años, fue sobreviviéndose a la muerte de tantos familiares, hasta reducirse al afecto de dos octogenarias, y, por último, al recuerdo nostálgico de una sola de ellas, en esta orilla americana”. Se había quedado sola, ya sin cartas estampilladas que le llegaran desde Italia. Luce Fabbri murió el 19 de agosto del año 2000. Yo no olvido.