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Una noticia sacude el mundo mediático: “los Panama-Papers” y la revelación pública de las cuentas off-shore de Mauricio Macri.

  por Florencia Elgorreaga

Cuando los furibundos votantes de Cambiemos despotrican contra el gobierno kirchnerista, el principal caballito de batalla es la corrupción, lo mucho que robaron, etc. Parecen enamorados de un relato que eligieron creer, subyugados por sus pintorescas formas, las más de las veces absurdas, como suponer que personas con vastos medios y conocimientos se llevaran el dinero en bolsos, viajaran con ellos, lo almacenaran en criptas secretas al mejor estilo de Tío Rico, pasando totalmente por alto los modos actuales de transferencia y lavado de dinero.

Pero esas y tantas otras novelas mancharon irremediablemente a muchas personas honestas, en un proceso en el cual toda refutación resultaba irrelevante. En cambio, para nada incidieron en el gusto popular los hechos comprobados en los que estuvo involucrado Mauricio, y por los que fue reiteradamente procesado, aunque la peculiar condición de nuestro Poder Judicial terminara siempre diluyendo las causas… Sevel, el Correo Argentino, los tratos con Rousselot, las escuchas, y más acá, el endeudamiento innecesario de la C.A.B.A, el favoritismo millonario destinado al empresario Caputo. Sin contar, naturalmente, con sus actos de gobierno como la represión a médicos y enfermos en el Borda con el claro objetivo de privatizar el predio, la disminución del subsidio al Hospital Garrahan, y tantos otros.

Asociado al tema de la corrupción, los medios concentrados encararon un agresivo programa de desprestigio de la militancia, asociándola siempre con la venalidad y el oportunismo. Ni siquiera en los casos de personalidades más conocidas, cuyos medios de vida, como en el caso de los actores, proceden de trabajos de dominio público, se concedió el derecho a sostener convicciones personales con la acción y la palabra, en un retroceso a las épocas en que toda bandería política era perseguida.

En cambio, que el gobierno macrista sostuviera fundaciones cuyos integrantes los apoyaran calurosamente nunca se puso en cuestión, así como tampoco la evidente manipulación de muchos trabajadores de la Ciudad, obligados por sus jefes a participar en mesas callejeras, volanteadas, etc.

Ahora bien ¿por qué todo esto fue posible? Está claro para todos el papel jugado por los multimedios, ante los cuales no pudieron competir fácilmente las opciones alternativas, que consiguieron que la mitad del país quedara atrapada en estas narrativas.

Pero las razones profundas por las cuales esos mensajes tuvieron una llegada directa y atrapante, cuando las condiciones reales del país indicaban que si bien había muchas cosas para corregir, muchas otras habían mejorado exponencialmente, en cuanto al acceso al trabajo, al consumo, a la educación, y a las posibilidades tan frustradas desde tan largo tiempo de generar proyectos culturales y científicos, no son sencillas.
Esos medios esgrimieron una impecable coherencia discursiva con el sentido común neoliberal, profundamente instalado en gran parte de la población durante la década del 90, y que si bien sufrió fracturas durante la crisis subsiguiente, persiste como cosmovisión personal en innumerables personas.

En la Argentina, ese sentido común tiene algunas facetas propias, sin duda similares a las de otras regiones, pero muy específicas. El eje organizador de ese pensamiento es una concepción clasista y racista de la sociedad, que fue adquiriendo tintes diferentes a lo largo de la historia. A partir de mediados del siglo XX, la discriminación y el menosprecio se centró en los “cabecitas negras”, los criollos pobres del interior que llegaban a las grandes ciudades en busca de trabajo. Poco se ha avanzado desde entonces. Simplemente, se sumó al desprecio a los inmigrantes de países vecinos. La manipulación que de estos sentimientos promueve la derecha se instala con mayor fuerza cuando un gobierno intenta políticas de inclusión y pone algún límite a los sectores dominantes.

Se puede pensar, sin embargo, que gran parte de los votantes de Macri pertenecen a sectores humildes. Pero sobre esos ejes se han levantado hábiles construcciones discursivas, profundizando “la grieta” de la que tanto se quejaron. En primer lugar, ensalzar a los que “bajaron de los barcos”, abuelos y bisabuelos llegados en las primeras décadas de 1900. Poco importa que la oligarquía también los haya despreciado, temido, perseguido, como introductores de ideas de revolución social y conflicto, y confinado en los hacinados conventillos de la zona sur. “Nuestros abuelos sí que eran trabajadores, no como estos negros que vienen ahora”, es un repetido estribillo.

Por otro lado, y esto sin distinción de origen, la extensión absurda de la idea de “clase media”, en la que se incluyen tanto empresarios afortunadísimos como un humilde empleado de supermercado. Eso es pertenecer, trabajar, depender del propio esfuerzo. Los que reciben subsidios son vagos y malentretenidos.

De nada sirve demostrar que en un momento en que el país se encontraba en una crisis profunda, toda la población fue subsidiada de una u otra manera, que eso permitió salir de la crisis, que gran parte de los países europeos tan admirados disponen subsidios mucho mayores a la infancia, a la vejez, a las madres solas.

Es por esto, por esa negación del poder de la política para asegurar el bien común, que la preservación de los bienes y las funciones del Estado parecen triviales y molestas. Es por esto que evadir impuestos parece muy poco relevante, es más, una acción inteligente, aunque se haga a través de dudosos lavados. Siempre con el absurdo eslógan de que los ricos no necesitan robar, cuando la generación de riquezas considerables en nuestro país está teñida de diversos delitos y, en muchos caso, de sangre.

Si insisto en considerar que son estas motivaciones profundas las que se logró fortalecer con la agresiva propaganda de “Cambiemos”, es porque lo ocurrido desde la asunción de Macri al poder tiene ribetes tan preocupantes que no pueden explicarse de otro modo. Han iniciado una persecución ideológica de tal magnitud, que no puede obviarse el matiz dictatorial.

La enorme mayoría de comunicadores opositores, despedidos. Miles de desocupados. Un endeudamiento feroz que compromete seriamente nuestro futuro, el de nuestros hijos y nietos.

¿Serán los Panamá Papers una señal que permita a tantos confundidos empezar a mirar la realidad sin anteojeras? El vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, en una de sus brillantes intervenciones decía que los intelectuales – y en esto, todos los militantes son de algún modo intelectuales- deben utilizar todas las creaciones del espíritu humano, discursos, novelas, teatro, cine, chiste, dibujos, para lograr el cambio en las conciencias, para derrotar el sentido común neoliberal y construir otra hegemonía. No es sencillo. Pero es la tarea necesaria.