Estamos viviendo situaciones nunca previstas por nosotros. La epidemia, la “peste”, nos retrotrae a antiguas épocas, en que el progreso científico era escaso y la humanidad se encontraba desvalida. Mucho – y en ocasiones con enorme profundidad- se ha escrito sobre el Covid19.

Pero lo más significativo para el común de los ciudadanos tiene relación con la realidad social que esta pandemia deja al descubierto. Se hace evidente para el observador más desprevenido la destrucción sistemática que las formas actuales del capitalismo y del neoliberalismo han venido produciendo sobre la tierra y sobre la humanidad.

Como dice María Elena Naddeo en Por un nuevo orden internacional: “La voracidad del capital concentrado no tiene límites, es el motor de una maquinaria desquiciada que arrasa montes y praderas, montañas y quebradas, destruyendo el hábitat de las comunidades campesinas y rurales, generando desertización, vaciamiento y nuevos niveles de concentración de la riqueza y despojo social y económico para los pobladores y vecindades.” Destrucción que se manifiesta, en esta ocasión, en el abandono progresivo del Estado en áreas que resultan esenciales para el combate de la enfermedad: la salud y la educación públicas, la vivienda, el empleo, los salarios…

Y esto ocurre en el centro de los países del “primer mundo”, cuyos anticuerpos para dar respuesta al virus han sido ineficaces e insuficientes: Italia, España, el Reino Unido,  Francia y los Estados Unidos ofrecen un panorama desolador que a la vez asusta y rechaza, todos los días las muertes se multiplican y los sistemas asistenciales no dan abasto.

Pero no se trata sólo de infraestructura y presupuesto. Hay un aspecto ideológico – muchos dirían que moral – que juega en esto un papel trascendente. No es casual que los gobiernos más a la derecha, muchos de ellos lindantes con el neofascismo, intentaron negar y desconocer el peligro para las vidas de su pueblo, privilegiando el “sostenimiento de la economía”, retrasando o impidiendo la toma enérgica de medidas como la cuarentena y el aislamiento social, e instalando mensajes que no dejan de sorprender por su crudeza, tales como que la muerte de los sectores de riesgo es mejor que el retraso económico.

 

Los argentinos y las argentinas hoy tenemos, por suerte, un gobierno que declaró abiertamente que entre las vidas y la economía no hay duda alguna, la economía se puede recuperar, las vidas no. Y las medidas que se fueron tomando, con el consejo permanente de los especialistas, han ido en esa dirección. Tenemos sin embargo un país arrasado por las políticas del gobierno anterior. Se han diseñado y se diseñan diversas alternativas para atender a los sectores más desprotegidos, a las Pymes, a los jubilados. Se sigue, en una tarea agotadora y constante, paso a paso la evolución de la pandemia y los innumerables problemas que surgen en cada rincón del país.

Esta tarea implica la elección y puesta en práctica de decisiones políticas del más alto voltaje: elegir a qué sectores se privilegia, qué aspectos de la vida social se toman en consideración en primer lugar, cuando además los recursos no abundan y el tiempo apremia.

Pero si el gobierno, los funcionarios, la salud pública, el sistema educativo, el conjunto de los servicios esenciales, están comprometidos con la mayor preservación posible del bienestar de la población, los sectores concentrados del capital en la Argentina manifiestan su desprecio por el mismo y un único interés: la defensa de sus tasas de ganancia y sus negocios financieros. No intentan siquiera dar una imagen benevolente de sí mismos, como es habitual en otras latitudes, no existe latifundista ni gran empresario que se haya ofrecido  en nuestro país a donar sus productos u ofrecer parte de su renta para  la lucha contra la enfermedad.

Está claro que hoy quedan al descubierto los alcances de lo que dio en llamarse la “grieta”, las formas actuales de la lucha de clases en la Argentina. Desde fines del siglo XIX, nuestro país ha transitado por momentos en que el accionar de los sectores populares logra imponer políticas que benefician al conjunto del pueblo y otras en que los dueños de la riqueza, muy dolorosamente muchas veces, lograban torcer el rumbo y diseñar sus propias políticas, cada vez más asociadas al gran capital internacional.

Esta lucha permanente se libra en primer lugar en el terreno ideológico: hay una parte de la población que, despolitizada y sin inserción organizativa, queda a merced de los vientos más favorables. Sectores de la pequeña burguesía, de los trabajadores que no se reconocen como tales, de grupos populares sin lazos comunitarios.

El arma principal en las últimas décadas ha demostrado ser el complejo entramado de los medios de comunicación y las redes sociales, en su enorme mayoría en manos de los grupos concentrados. Lograron venderle a la población un gobierno neoliberal que arruinó en cuatro años al país, pero no pudieron evitar su desgaste, a pesar de las fake news y la colaboración entusiasta de parte de la justicia.

La epidemia ha mostrado sin tapujos la doliente realidad social. Nos ha permitido valorar la tarea de un gobierno que trabaja empeñosamente para buscar soluciones. La imagen del presidente y de sus medidas creció considerablemente. Los intentos de Clarín y de La Nación por convencer a la población de la prioridad del “mercado” fueron difíciles de imponer, incluso en sus propios medios masivos. La conveniencia de la cuarentena, respaldada por un sólido equipo de científicos, fue innegable para la enorme mayoría. Entonces apelaron a un recurso extremo: anunciar despidos masivos “por las grandes pérdidas”. Tal vez no esperaban una respuesta tan contundente del presidente “muchachos, es hora de ganar un poco menos”.

Buscaron entonces – es lícito imaginarlos ideando estrategias- algún eslogan que pudiera tener cierta andadura popular. Encontraron uno: “que los políticos se rebajen el sueldo”.

Inútil es recordar que el gobierno anterior incrementó los sueldos de los funcionarios jerárquicos a niveles escandalosos mientras el país se caía a pedazos, y que el reclamo surge cuando existe un gobierno que trabaja realmente.

Pero el eje central de la cuestión debe ser otro: lo que debe modificarse son las tasas extraordinarias de ganancia, de los bancos, de los grandes exportadores, de los grandes empresarios, de la especulación financiera. Ganancias que se fugan del país hacia los paraísos fiscales, mientras las grandes empresas, como el Correo Argentino, deben fortunas al Estado.

No se trata de un dilema menor, ni de un problema técnico de la economía. Se trata de impulsar un sentido común general en nuestra sociedad que pueda despegarse de las consignas neoliberales, que pueda ver el desastre global que esas políticas han generado, que comprenda el nexo entre ellas y la lucha por la salud y el bienestar de la población.

Y que después que la cuarentena pase, que la peste deje de mostrar su cara más perversa, pueda buscar, despojada de los cantos de sirena de la derecha, alternativas diferentes al capitalismo depredador, que nos permitan construir una sociedad más justa y solidaria.