Si quedaban dudas acerca de las consecuencias que la aplicación de las políticas económicas del gobierno de Mauricio Macri tiene para la sociedad, hoy una apreciable mayoría de la población percibe que la recesión, el desempleo y el deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares son los efectos más evidentes de sus decisiones.

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Por Florencia Elgorreaga        

Aún es necesario insistir, sin embargo, en que el argumento recurrente a la “pesada herencia”, que haría indispensable avanzar con drásticas medidas, no es más que el justificativo para un programa que privilegia a los sectores de poder, tanto nacionales – a los que eliminó retenciones, impuestos y controles fiscales- como internacionales – para los que abre importaciones, reduce tasas y promete condiciones laborales más apetecibles, con salarios y beneficios recortados.

Pero no aparece con idéntica claridad ante los ojos de buena parte de la sociedad la certeza de que un gobierno que implementa estas políticas necesita de la represión, de la censura y del temor como acompañantes indispensables de sus actos. Sin embargo, apenas asumida la presidencia asistimos a la “depuración” de los espacios televisivos y radiales, a la persecusión de los movimientos sociales, cuyo mayor ejemplo es la injustificable detención de Milagro Sala, a la utilización de la fuerza y las balas de goma contra niños y niñas de una murga, a la aprobación de un protocolo contra las protestas, y fueron apareciendo ataques a sedes partidarias de la oposición, grupos filonazis que operan con relativa impunidad, allanamientos, arrestos e intimidaciones  a militantes populares y a sus organizaciones. La amenaza de revisar twiters y facebooks para conocer las inclinaciones políticas de los trabajadores, particularmente los estatales, acompaña el dramático fantasma del desempleo.  Todo ello condimentado con una campaña persistente de negación de los crímenes de la dictadura y de cuestionamientos acerca de la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad.

Ensayando coartadas para lograr que las Fuerzas Armadas vuelvan a ocuparse de la seguridad interior, buscan justificaciones en el narcotráfico exagerando su penetración con afirmaciones engañosas, como la existencia de “maras” en nuestro país, hecho ampliamente desmentido -de paso se levanta un alambrado para separarnos de la hermana Bolivia,  y se proyecta un dispositivo para “alojar” a los inmigrantes indocumentados, violando todos precepto constitucional y legal vigente… Más risible, si no fuera altamente peligroso, se fantasea con la existencia de células terroristas islámicas, para desmentirlo horas después. Al mismo tiempo, vuelven a la escena pública todos los prejuicios patriarcales, machistas, homofóbicos, porque el disciplinamiento de la sociedad incluye también el sometimiento de los cuerpos y las voluntades.

Es difícil entender por qué existen sectores de la población, indiscutiblemente afectados por las políticas económicas, que no ven la relación con estas y otras medidas represivas y permanecen indiferentes a estos hechos. El arma fundamental para esta indiferencia es el particular matiz con que los medios, en particular la televisión, muestra la “inseguridad” desde hace décadas. En primer lugar se construye un imaginario que establece una grieta insalvable entre una ciudadanía “normal” y un “otro” caracterizado por una humanidad incompleta, y al que por lo tanto no le caben los derechos y garantías a los que somos todos acreedores. De allí la apología de la justicia por mano propia (de lo que hemos tenido lamentables ejemplos estos días), la desconfianza hacia los extranjeros – si son pobres y morochos- los inconfesables residuos del “algo habrán hecho”. Ciertamente, no ayuda a cambiar estos razonamientos el accionar de la justicia y de las fuerzas policiales. Y menos aún los dichos clasistas, xenófobos y soberbios con que se manifiestan los diversos personeros gubernamentales.

Subyace también un racismo latente, la ilusión del país “blanco” de Latinoamérica, la idealización de un pasado conservador que habría sido maravilloso, olvidando cuánto tuvieron que luchar sus abuelos para lograr la ley de las 8 horas, la jubilación, las vacaciones pagas, y tantas otras cosas. Sin embargo, ya tuvimos una fiesta neoliberal que terminó de la peor manera, alteró los vínculos sociales y familiares y produjo un costo de infelicidad, violencia y egoísmo que evidentemente persiste como oscuro inconsciente colectivo en diversos sectores, aún después de doce años intentando políticas de inclusión que nos acerquen a formas nuevas de un Estado de Bienestar. Es este oscuro “sentido común” el que los sectores del privilegio utilizan y manipulan para mantenerse en el poder y retrotraernos a un pasado que creíamos superado.

¿Podremos esta vez evitar el final trágico y construir  una herramienta que dé forma y sentido a las luchas populares, en un amplio movimiento de unidad?