Éramos m1200x600uchos los que sabíamos que las medidas económicas del gobierno PRO auguraban un futuro de recesión, despidos y retrocesos en el nivel de vida del pueblo.

Por Florencia Elgorreaga

Pero tal vez no sospechábamos tamaña sed de venganza, represión y maltrato y, sobre todo, no llegamos a imaginar las declaraciones de soberbia clasista que profieren todos los días y que parecen salidas del diario de María Antonieta.
La pregunta elemental es si actúan así porque dejaron caer los frenos que imponía un sistema democrático y les aflora el más profundo inconsciente oligárquico, o si en estas desaforadas manifestaciones hay un cálculo premeditado.

A decir verdad, es evidente que no les cuesta mucho afirmar que vivíamos una fiesta indebida, que un empleado medio no tiene derecho a celulares y vacaciones, que si tenemos frío nos pongamos la capa de mi tío, y unas cuantas lindezas por el estilo. El inconsciente de clase existe y estuvo allí siempre. Pero la variedad de personajes y expresiones a las que somos expuestos cotidianamente indica que se trata de algo más.

Durante todos estos años, demonizaron al gobierno anterior con el fantasma de los subsidios y la protección a los sectores más vulnerables. Tienen que aprovechar los residuos ideológicos de esas campañas reiteradas para naturalizar la vigencia de un sistema de clases altamente jerarquizado, con un discurso que ya era arcaico en 1930, insistiendo al mismo tiempo en que la Argentina es un país pobre, incapaz de ofrecer a sus habitantes un nivel de vida digno y los derechos constitucionales de educación, salud, vivienda y trabajo.

Quieren borrar de la conciencia popular la memoria de los logros obtenidos a través de años de luchas y procesos de redistribución de la riqueza.
Esconden, con el beneplácito de los medios, que sus fortunas, cada vez mayores, cada vez obtenidas con menor esfuerzo y con mayor indiferencia por la legalidad, surgen del aprovechamiento de los recursos nacionales, de la enorme riqueza de nuestra patria, de su habilidad para manipular los recursos del Estado. La presentan como un fenómeno natural, el mismo que obliga a los pobres ser pobres, al “empleado medio” a vivir con lo justo. Por eso, además de manifestarlo, sus políticas acompañan la discriminación selectiva. El hospital público, escaso de recursos, con poco personal y edificios abandonados. La educación pública ha sido siempre una de sus pesadillas. Lentamente han ido instalando la idea de que debe ser sólo para “los pobres”. Hay sin embargo un sector de la clase media que resiste – y debería ser una consigna fundamental de todos los que aspiramos a una sociedad más justa e igualitaria. La comida de mala calidad, los sueldos docentes, la falta de mantenimiento de las escuelas, no son sólo por razones económicas. Hoy, también van por la Universidad abierta al pueblo.

La construcción del sentido común en estos temas ha logrado, por ejemplo, que en las justas respuestas a la noción de “meritocracia” con que hoy nos bombardea la publicidad, casi todos indican la asistencia a las escuelas privadas como una ventaja para los hijos de los ricos. No es así, sus ventajas pasan por la posibilidad de tiempo para completar sus estudios, por el acceso a bienes culturales, viajes, y sobre todo, a contactos y acomodos varios que encauzan su carrera laboral. La escuela pública, cuando a ella asisten chicos y chicas de sectores diversos, puede ser garantía de calidad y de una formación democrática que jamás darán las que están segmentadas por clase, por religión, por esnobismo.

Pero todo esto es parte de la batalla cultural. Alguno de ellos dijo que los males de este país proceden de un apego excesivo a las ideas igualitarias. Aprovechan el lamentable momento en que una parte de la población se dejó seducir por la derecha para tratar de imponer una moral nobiliaria y una conducta sumisa. Basta de derechos, en todo caso haremos caridad…

Sabemos sin embargo que una parte importante del pueblo resiste y creemos que, despertados del sueño oligárquico por los imperativos de la realidad, la mayoría repudiará estos dichos y las políticas que los acompañan.
Como dice García Linera “hay que volver a reconstruir un nuevo sentido común de la esperanza, de la mística. Ideas, organización, movilización.”