Transcurridas  565a22b2458b9_1105x736semanas del último atentado terrorista en París,  parece pertinente consignar algunas reflexiones e interrogantes sobre este repudiable suceso.

por Carlos Pablo Szternsztejn

No cabe duda de que el hecho se inscribe en un momento peculiar de reacoamodamiento de fuerzas en el mundo.
Según la mayoría de los analistas estamos asistiendo a una modificación de la hegemonía ”unipolar” que detentaban los Estados Unidos.

No sólo debe considerarse el crecimiento de la influencia de China, sino también un reposicionamiento general que incluye al nuevo papel de Rusia, la mayor participación en la arena internacional de los denominados BRICS y otros Estados medianos y distintos movimientos que se suceden en los países ahora llamados “emergentes”.
Sin embargo, ningún análisis general puede prescindir de la situación especial en que viven los musulmanes en Francia .

Con una implantación de segunda o tercera generación, la sociedad gala trata a esos alrededor de seis millones de personas como ciudadanos que no gozan de los mismos derechos que el resto de los habitantes del Hexágono.
Apiñados en su mayoría en los suburbios de las grandes ciudades, con alto grado de desocupación o trabajos mal remunerados, a los que no se les proporciona una educación de calidad y con acceso muy limitado a una vivienda digna, buena parte de ellos no se sienten ciudadanos a parte entera .
Es evidente que más allá de ser franceses de nacimiento se perciben desarraigados y son fácil presa de las redes de los radicalismos que pretenden respaldarse en el Islam.

Hasta ahora han fracasado los enunciados intentos de integración plena.

Más allá de estas características, no resulta obvio subrayar que varios de los países de Europa Occidental (Gran Bretaña y Francia en particular) tienen sobre sus espaldas el pasado colonial que a partir de una auto adjudicada misión civilizadora sometieron a sangre y fuego a buena parte de África y Asia.

En Medio Oriente, al socaire de la descomposición del Imperio Otomano y, a través de los Acuerdos Sykes-Picot de 1916 y los mandatos otorgados por la Sociedad de las Naciones en 1920 para el Líbano, Siria e Irak y en 1922 para Palestina, de la cual el Reino Unido en 1946 recorta y crea el emirato de Transjordania, Gran Bretaña y Francia pasan a dirigir, a veces en forma directa y otras a través de intermediarios locales, las políticas en la región.

No es el propósito de este trabajo hacer un desarrollo de los acontecimientos que se sucedieron pero no es posible dejar de mencionarlos ya que hasta la fecha, como ha sucedido con la trata de esclavos, ninguno de los países europeos concernidos han reconocido los horrores cometidos y mucho menos se han disculpado por ello.

Muchas décadas han transcurrido desde aquellos años pero persiste en las vastas masas musulmanas un sentimiento de rechazo al “modernismo expoliador occidental ” que en varios casos se manifiesta a través de expresiones religiosas que abrevan en viejas o nuevas interpretaciones del Corán y la Sharía . No debemos olvidar que estamos hablando de un mundo (el musulmán, no siempre árabe) que se extiende desde Paquistán e Indonesia hasta el continente africano, lo que implica reconocer diversas costumbres, realidades y contextos históricos.

Sin embargo, es un error atribuir los horribles atentados sufridos por distintos países, en muchos casos ejecutados por ciudadanos de los mismos, a factores religiosos, que sin duda tienen incidencia pero no constituyen el dato central.

Estamos ante un problema cuyo núcleo es político- económico que tiene como elemento decisivo el quehacer de las grandes potencias.

Basta recordar que quienes financiaron y respaldaron a Al Quaeda y a los hoy denominados talibanes en Afganistán en su lucha contra el ejército soviético, fueron en particular los Estados Unidos, Arabia Saudita y otras dictaduras del Golfo. También es necesario tomar en cuenta el cambio de la política de la mayor potencia mundial después de ataque a las Torres Gemelas.

Curiosamente, dictadores como Gadaffi, Sadam Hussein y los Al Assad, padre e hijo, jugaron el papel de contenedores de quienes luchaban por cambios en sus respectivos países.
Al primero después de combatirlo se lo respaldó, especialmente por parte de Italia y Francia. Al segundo, EEUU lo apoyó no sólo con armas en su larga y desgastante guerra contra Irán.

Los países imperialistas decidieron desprenderse de sus protegidos, lo que dio lugar a un caos que se pretendió ordenar con las denominadas “primaveras árabes” de las cuales la única que cuajó de algún modo fue la de Túnez, lo que no lo eximió de sufrir varios ataques terroristas.

Particular relieve es menester conceder a dos situaciones específicas.
Una es la de Egipto donde el ejército se alzó contra el resultado de unas elecciones aceptables para los baremos de la zona y depuso al representante de los Hermanos Musulmanes, Morsi, entronizando al General Al Sisi a quien se apresuraron a asistir con préstamos y venta de armas los Estados Unidos y Francia.
La otra es la especial relación que une al país del Norte con la dinastía que dirige desde hace décadas la Arabia Saudita.
Si bien Francia también ha vendido al Reino Wahabita armas, especialmente aviones por cifras de miles de millones de euros, la Administración de Barak Obama mantiene la inveterada política de sostener a los Saud sin que se conozca ninguna manifestación de repudio a su violación constante de los derechos humanos y sus impiadosos bombardeos a los zaiditas en el Yemen que se volvieron chiitas a partir de la ayuda que le presta Irán.
Ello no oculta las contradicciones secundarias que se expresan en lo que respecta al petróleo. Arabia consigue reducir su precio para evitar en gran medida que los Estados Unidos puedan pasar al autoabastecimiento y convertirse en exportadores generando energía a partir de los hidrocarburos de esquistos cuya extracción es muy costosa.

No es menester ser un augur para advertir que si se alcanzase ese objetivo se diseñaría una nueva escena geopolítica que modificaría sensiblemente la situación y la importancia del Medio Oriente.
En esta perspectiva no constituye una digresión reconocer que en la actualidad existe una disputa por la hegemonía en la zona entre Turquía donde se practica un sunnismo, que con alguna licencia, podríamos llamar “otomano”, Irán donde el chiismo juega un papel importante y Arabia Saudita emblema de una interpretación retrógrada y sectaria de la sunna que es un compendio de los dichos y hechos así como lo actuado por Mahoma según sus compañeros y sus sucesivos comentadores.

Los atentados a París disparan inevitablemente la reflexión de los distintos parámetros utilizados por la mayoría de los medios nacionales e internacionales para hablar de aquellos de una manera que dista de la que usan para referirse a los sufridos en el Líbano, Turquía, Nigeria, Yemen, Túnez, Egipto y otros países.
No se nos escapa la importancia que tiene Francia en el tablero internacional y la luz que irradia su capital.
A riesgo de caer en cierta ingenuidad es imprescindible hacer hincapié en el doble estándar que se maneja según sea el lugar afectado.
Ello, en definitiva, es una réplica de la lógica que preside las relaciones internacionales. Baste para ejemplificarla recordar los poderes de veto que los cinco triunfadores de la segunda guerra mundial tienen en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o el poder de decisión que ejercen en el Fondo Monetario Internacional y en otros organismos.

Lo cierto es que estamos en un momento muy especial en el que una coalición a la que se acaba de sumar el Reino Unido e inverosímilmente países como Australia , se propone terminar con el proclamado Estado Islámico ( o “ Daesch”- según el acrónimo en árabe- que se prefiere usar para no subrayar la noción de estructura administrativa y control territorial que conlleva el primero de los nombres-)
El arco de países incluye a Rusia- que intenta defender sus intereses y sus bases en la zona y Alemania que hasta ahora limita su participación a labores de inteligencia.

En un cambio que significa admitir que los bombarderos a las posiciones de los radicales islamistas no serán suficientes para derrotarlos, Francia acaba de manifestar que acepta en la Alianza a Al Assad, consciente de que su ejército es el que deberá actuar en el terreno a falta de la presencia de tropas europeas o estadounidenses lo cual es repudiado por sus respectivas poblaciones, hartas de repatriar muertos,  heridos e inválidos generados por las distintas intervenciones.

Consecuencia suplementaria de las heridas infligidas a la sociedad francesa por los atentados, es la instrumentación del estado de emergencia, lo que implica la restricción de las libertades, con lo que se sigue los precedentes de la Patriot Act vigente en EEUU y de la reciente “ley mordaza”, divergente de la anterior en algunos aspectos, que acaba de sancionar el Legislativo español.
Los hechos, motivo de estas apostillas, suponen un clivaje que se venía anunciando hace tiempo que es fogoneado por quienes apuntan a un “conflicto de civilizaciones”.

Al decir de la historiadora tunecina Sophie Besis hay dos grupos que necesitan llegar a ese punto: “los extremistas islamistas y las extremas derechas occidentales” (que no de casualidad han aumentado su influencia en sus respectivas sociedades).
Los primeros lo necesitan para decir “ellos son nuestros enemigos hereditarios hay que matarlos a todos” y a los segundos les hace falta este enfrentamiento para proclamar que “miren nuestros enemigos de hoy no son los grupos extremistas sino los musulmanes como globalidad”.

No es baladí enfatizar que los actuales bombardeos a Siria no se hacen sobre la base de ninguna Resolución de la ONU que sólo ha dicho que “hay que tomar medidas para enfrentar a los yihadistas”.
Tampoco resulta un tema menor dilucidar la financiación de éstos que se hace a través de las donaciones de personas y empresas de decenas de países, de los montos que perciben por los rescates de quienes se convierten en sus rehenes, de la venta de objetos de arte, y fundamentalmente del contrabando y la venta del petróleo que extraen en el territorio ocupado. Es extraño que, salvo excepciones, no se ataquen los camiones y barcos que lo transportan.

El presidente francés ha dicho que su país está en guerra. Con esa fórmula pretende cohonestar la represalia contra los sirios (en realidad franceses y belgas) que han protagonizado los atentados sino la operación “Serval” en Malí y sus recurrentes intervenciones en Tchad, Costa de Marfil y en Libia.
Se trata de una retórica peligrosa que no parece tener en cuenta que la actual evolución del capitalismo ha alcanzado un grado de crueldad inusitado y que especialmente vastos sectores de la juventud parecen percibir que viven en un mundo carente de sentido y de propuestas para sus proyectos de vida.
No puede reducirse todo a un horizonte de consumo sin dar los medios para consumir.

Como dice la citada Besis (“Página 12”del 22/11/15) “La variable principal de ajuste de la versión actual del capitalismo es el trabajo, el desempleo. Cuando se unen estos dos factores la bomba explota. La extraordinaria perversidad de esos movimiento religiosos consiste en hacerle creer a esa juventud sin rumbo que le transmiten un sentido y un horizonte de esperanzas”.

Nadie tiene una propuesta clara y con visos de concreción para enderezar la situación, terminar con el desplazamiento de millones de personas, las migraciones incontrolables, la desazón y el miedo como elementos centrales de la vida cotidiana para las poblaciones directamente concernidas en Irak, Siria, otros países de Medio Oriente, Afganistán y los habitantes de las ciudades occidentales.
Es posible que se elimine al Estado Islámico pero nadie asegura que eso garantice la paz y el progreso en la zona.
Estamos en un período de desintegración total de la región y es difícil saber cómo se recompondrá .
En realidad, es incierto colegir hacia dónde marcha todo un mundo plagado de miseria, pobreza, desigualdades y falto de un proyecto de futuro.